Recortes sin voz

Inmersos en una complicada situación económica, las políticas de “recortes” presupuestarios van sumando indignación a medida que las puntas de la tijera se clavan en uno u otro de los distintos tejidos de la sociedad.

Como bien sabemos, de esa indignación hemos visto nacer movimientos sociales que ocupan plazas, se extienden por los barrios de las ciudades, las poblaciones, las provincias, hasta propagarse a otros países expresando su malestar y su preocupación ante la merma de lo que sin duda son servicios fundamentales dentro de nuestras sociedades: salud, vivienda, educación…

Aún siendo comprensible la reacción del individuo ante aquello que le afecta de forma más directa, resulta de lo más revelador y sintomático que, entre la tronada de encendidas reivindicaciones, las voces que se alzan para denunciar otros recortes en sectores tan fundamentales como son la investigación y el desarrollo en ciencia y tecnología, apenas consigan resonar lo bastante como para superar la categoría de lo anecdótico, incluso en los medios de comunicación más serios.

Es por ello que hemos querido hoy destacar y difundir la iniciativa que el físico soriano Francisco J. Hernández puso en marcha el pasado 3 de enero desde su blog personal, “más con el objetivo de ser una reacción a una situación absurda que una propuesta concreta“, según sus propias palabras. La propuesta se resume con facilidad: exigir una casilla en la declaración de la renta para poder destinar un 0,7% de los impuestos que uno paga a los presupuestos de I+D+I. A día de hoy ha recogido casi doscientas cincuenta mil firmas.

Además de las felicitaciones por la iniciativa, no podemos dejar de subrayar –sin entrar en la alarmante miopía de los gobernantes–, el larguísimo trecho que queda por recorrer para hacer llegar el conocimiento y la comprensión de la ciencia hasta el grueso de una población que, por no entenderla y resultarle ajena, aún no alcanza a percibirla como algo suyo, no comprende que para disponer de mucho de lo que reivindica de forma mayoritaria ha hecho falta, primero, investigarlo.

A ritmo de divulgación

Siempre en busca de fórmulas que permitan llegar al gran público, aparecen cada vez más proyectos que echan mano de alguna forma de expresión artística como vehículo de divulgación.

El Dr. de Rhyme ‘n Learn

Sin ir más lejos, los que siguieron esta publicación en su edición impresa, saben de nuestro especial hincapié en el potencial inductor y divulgador que pueden tener –y de hecho tienen– expresiones artísticas como son la literatura, la música, los cómics o los juegos. Fruto de esa premisa fue la entrevista al grupo musical Aviador Dro que publicamos en el verano de 2010, donde esta veterana formación, cuyas composiciones siempre han presentado un estrecho vínculo con la ciencia, anunciaba el proyecto que ahora han puesto en marcha: La voz de la ciencia,  en el que proponen, según sus propias palabras, “un encuentro entre el arte y la expresión científica”.

No menos interesante es la iniciativa Rhyme ‘n Learn, que nos llega desde el otro lado del Atlántico de manos de Joe Ocando, un profesor de ciencias y matemáticas que ha elegido la música rap para ayudar a sus alumnos a retener términos y conceptos. Valga de muestra… el rap de Pi.

 

¿Quieres saber más?

“El arte es una forma de conocer la complejidad” (Capítulo 6 del libro Ideas sobre la complejidad del mundo, de Jorge Wagensberg.)

Una luz en la oscuridad

El pasado 20 de diciembre se cumplieron quince años de la muerte de Carl Sagan (1934-1996), uno de los divulgadores científicos más importantes e influyentes de nuestro tiempo, por lo que hemos querido dedicar nuestra primera entrada a su memoria. Y creemos que, para ello, nada mejor que llamar vuestra atención sobre una de sus obras más representativas en el campo de la divulgación.

Aunque para muchos Carl Sagan es conocido por Cosmos: un viaje personal, su magnífica serie de divulgación en televisión, en esta ocasión hemos preferido destacar el libro El mundo y sus demonios, obra dedicada fundamentalmente a explicar al ciudadano de a pie, al que no cuenta con conocimientos científicos previos, las bases del método científico, al tiempo que estimula en el lector el pensamiento crítico, dotándole así de las piezas básicas para acercarse a la ciencia. Esa voluntad didáctica es, en nuestra opinión, lo que convierte al citado libro en un modelo de lo que debería ser la divulgación científica, y a su autor en un auténtico maestro.