En busca de la divulgación perdida

por Ángel F. Bueno

Debo empezar esta líneas confesando mi propia confusión, sopesando incluso que se deba a una incapacidad mía para actualizar conceptos a la misma velocidad con la que mutan en estos vertiginosos tiempos nuestros. En cierto sentido, me siento como el loco de aquel chiste, que circulaba en contra dirección por la autopista y pensaba que los locos eran todos los demás… Así que antes de provocar algún accidente, aprovechando un resquicio de cordura, detendré el vehículo en el arcén y reconsideraré la situación.

   Cuando decidí explorar las rutas de la divulgación, lo hice siguiendo las indicaciones dejadas por grandes maestros como Sagan y Asimov. Para mí, las directrices estaban claras: la divulgación consistía, ante todo y sobre todo, en hacer llegar y explicar el conocimiento obtenido a través de la ciencia al ciudadano de a pie, al común, a aquel que no dispone de formación previa, pues el formado está ya “encarrilado”, sabe ya, supuestamente, cómo tirar del hilo y mantenerse al día, si así lo desea, gracias a la difusión o el periodismo científicos, cada vez más abundantes. Si en algún momento perdí de vista tal premisa, no tuve más que volver a leer, por ejemplo, las treinta primeras páginas de El código genético de Asimov, páginas que podría entender un niño de doce años sin excesivo esfuerzo.

   Me enseñaban aquellos maestros que la divulgación así entendida implicaba una abnegada labor docente, aunque hubiera que pecar de extrema sencillez y sacrificar, si fuera necesario, las pompas y los resplandores de lenguajes esotéricos, sólo aptos para iniciados, o de aquellas cátedras que tanto estudio y esfuerzo les costaron. Si pregunto por Asimov a pie de calle, la inmensa mayoría, en caso de conocerlo, dirá “¡Ah, sí, el escritor de ciencia-ficción!”; o, en el caso de Sagan, “¡Ah, sí, aquel de la tele, el de Cosmos!”. Muy pocos o ninguno dirán “el doctor en química” o “el doctor en astrofísica”. No es por sus credenciales que los recuerdan, sino por el poso que con sus artes divulgativas dejaron en sus cabezas, aunque tal sedimento no consista en nada más –y nada menos– que una sensación de cercanía, de familiaridad.

   Debo de estar haciéndome viejo y quisquilloso, porque, hoy, habiendo muchísima difusión –cosa magnífica–, apenas reconozco divulgación; o al menos divulgación de aquella. Tengo la impresión –y discúlpenmela de antemano, pues no arrastra acritud alguna– de que la “divulgación” haya quedado convertida en mera etiqueta para todo tipo de productos editoriales y audiovisuales, o en potencial vía de supervivencia para una miríada de titulados –cosa que me parece legítima en los tiempos que corren– a base de difundirse entre ellos, con mayor o menor atino y fortuna, la información que la ciencia y sus investigaciones va generando.

   Mientras tanto, el de a pie sigue sin entender una palabra: por más que le repitan el término “neutrino” es incapaz de comprender su relevancia, tal vez porque ni siquiera es consciente de la realidad atómica de lo que le rodea… La ciencia sigue siendo aquello que a veces le hace exclamar de admiración o sorpresa, como el que contempla un milagro o un sortilegio; sigue percibiéndola como que no va con él, como cosa reservada para el que tiene estudios, sensación de exclusión subrayada con cada línea a pie de artículo enumerando titulaciones, másteres, consultorías y demás acreditaciones.

   No quisiera pensar que se haya abandonado ya la intención de llegar al común, asumiendo que no pueda aspirar a más que a una fe reverencial para con la ciencia, como si de una religión se tratase. Si tal fuera el caso, quizá deba bajarme del vehículo y dejarlo en este arcén para ir en busca de otras rutas que me acerquen a las raíces del problema. ¿La escuela, tal vez? ¿Debo apuntar a esos monstruosos centros de propaganda y adoctrinamiento donde se suele mutilar desde la tierna infancia cualquier atisbo de librepensamiento, sentido crítico o analítico, tan necesarios para asimilar, entre otras cosas, el método científico? Tal vez haya que empezar por ahí, pero ese ya sería otro tema… ¿O es el mismo?

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3 comentarios

  1. Para hacer divulgación como la de Sagan o Asimov hay que ser muy bueno y eso está al alcance de muy pocos. El resto de mortales hacemos buenamente lo que podemos y no quedamos, como bien dices, en difundir noticias.

    No es que no se quiera divulgar la ciencia al ciudadano de a pie, es que es MUY difícil.

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  2. Ángel

     /  6 febrero, 2012

    Hola, Alfonso:
    Muchísimas gracias por tu comentario. Estoy de acuerdo contigo: hacer auténtica divulgación es muy difícil, y lo que pretendía poner sobre el tapete es una necesaria reflexión al respecto. Llamamos divulgación a otra tarea distinta –la de difusión– y luego nos extrañamos que la divulgación no funcione, es decir, no llegue al ciudadano de a pie.
    Espero que en mi escrito no se interprete que no valoro todo el trabajo que se hace; al contrario, lo valoro y mucho. Pero creo que, así como se ha mejorado mucho en la difusión y el periodismo científicos, la divulgación propiamente dicha necesita de una seria revisión si queremos que cumpla el fin que se le supone.
    Gracias otra vez y recibe un cordial saludo.

    Responder
  3. Me parece una reflexión fundamental. Ya sé que divulgar es difícil, pero lo cierto es que textos como era capaz de escribir Asimov son difíciles de encontrar. Y lo cierto es que gran parte de la gente sin formación cree en la ciencia como podría creer en cualquier otra cosa: Fiándose de alguien que afirma con mucha seguridad.

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