¡Nos hemos construido una nave espacial!

Apreciados/as amigos/as de “Satélite”:

Debemos, en primer lugar, disculparnos por la larga ausencia en esta plataforma. Aunque tratamos de mantener cierta actividad en las redes sociales –y seguiremos manteniéndola , en lo posible–, los altibajos de estos tiempos convulsos y agitados que nos han tocado vivir nos han impedido atender esta bitácora como hubiera sido lo debido. Sin embargo,  es en esa misma agitación donde se ha gestado el nuevo proyecto que hemos conformado y que os queremos presentar: la Fundación Asimov.

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Los seguidores del periódico “Satélite” y de esta bitácora, podrán apreciar con facilidad la línea de continuidad que une a ambos proyectos, pues sigue basándose en el convencimiento de la necesidad de una divulgación orientada al gran público, a aquellos que no cuentan con formación científica básica, y del potencial divulgativo y educativo que ofrecen la expresiones lúdicas de la cultura (literatura, cómic, cine, música, juegos, etc.).

Sería redundante alargarnos aquí con la descripción y las características de la nueva aventura en la que nos hemos embarcado, pues nuestros primeros esfuerzos en esa nueva dirección se han centrado en crear una página web donde exponerlas; así que os invitamos a visitarla, a recorrerla y, si os parece de interés, compartirla.

Ni qué decir tiene que, las puertas del nuevo proyecto “Fundación Asimov” están tan abiertas a vuestras opiniones, sugerencias y comentarios como han estado siempre las de “Satélite”.

Muchísimas gracias, una vez más, por la atención prestada y por vuestra infinita paciencia y comprensión.

¡Os esperamos en nuestra nueva nave! ¡Bienvenidos a bordo! 🙂

En busca de la divulgación perdida

por Ángel F. Bueno

Debo empezar esta líneas confesando mi propia confusión, sopesando incluso que se deba a una incapacidad mía para actualizar conceptos a la misma velocidad con la que mutan en estos vertiginosos tiempos nuestros. En cierto sentido, me siento como el loco de aquel chiste, que circulaba en contra dirección por la autopista y pensaba que los locos eran todos los demás… Así que antes de provocar algún accidente, aprovechando un resquicio de cordura, detendré el vehículo en el arcén y reconsideraré la situación.

   Cuando decidí explorar las rutas de la divulgación, lo hice siguiendo las indicaciones dejadas por grandes maestros como Sagan y Asimov. Para mí, las directrices estaban claras: la divulgación consistía, ante todo y sobre todo, en hacer llegar y explicar el conocimiento obtenido a través de la ciencia al ciudadano de a pie, al común, a aquel que no dispone de formación previa, pues el formado está ya “encarrilado”, sabe ya, supuestamente, cómo tirar del hilo y mantenerse al día, si así lo desea, gracias a la difusión o el periodismo científicos, cada vez más abundantes. Si en algún momento perdí de vista tal premisa, no tuve más que volver a leer, por ejemplo, las treinta primeras páginas de El código genético de Asimov, páginas que podría entender un niño de doce años sin excesivo esfuerzo.

   Me enseñaban aquellos maestros que la divulgación así entendida implicaba una abnegada labor docente, aunque hubiera que pecar de extrema sencillez y sacrificar, si fuera necesario, las pompas y los resplandores de lenguajes esotéricos, sólo aptos para iniciados, o de aquellas cátedras que tanto estudio y esfuerzo les costaron. Si pregunto por Asimov a pie de calle, la inmensa mayoría, en caso de conocerlo, dirá “¡Ah, sí, el escritor de ciencia-ficción!”; o, en el caso de Sagan, “¡Ah, sí, aquel de la tele, el de Cosmos!”. Muy pocos o ninguno dirán “el doctor en química” o “el doctor en astrofísica”. No es por sus credenciales que los recuerdan, sino por el poso que con sus artes divulgativas dejaron en sus cabezas, aunque tal sedimento no consista en nada más –y nada menos– que una sensación de cercanía, de familiaridad.

   Debo de estar haciéndome viejo y quisquilloso, porque, hoy, habiendo muchísima difusión –cosa magnífica–, apenas reconozco divulgación; o al menos divulgación de aquella. Tengo la impresión –y discúlpenmela de antemano, pues no arrastra acritud alguna– de que la “divulgación” haya quedado convertida en mera etiqueta para todo tipo de productos editoriales y audiovisuales, o en potencial vía de supervivencia para una miríada de titulados –cosa que me parece legítima en los tiempos que corren– a base de difundirse entre ellos, con mayor o menor atino y fortuna, la información que la ciencia y sus investigaciones va generando.

   Mientras tanto, el de a pie sigue sin entender una palabra: por más que le repitan el término “neutrino” es incapaz de comprender su relevancia, tal vez porque ni siquiera es consciente de la realidad atómica de lo que le rodea… La ciencia sigue siendo aquello que a veces le hace exclamar de admiración o sorpresa, como el que contempla un milagro o un sortilegio; sigue percibiéndola como que no va con él, como cosa reservada para el que tiene estudios, sensación de exclusión subrayada con cada línea a pie de artículo enumerando titulaciones, másteres, consultorías y demás acreditaciones.

   No quisiera pensar que se haya abandonado ya la intención de llegar al común, asumiendo que no pueda aspirar a más que a una fe reverencial para con la ciencia, como si de una religión se tratase. Si tal fuera el caso, quizá deba bajarme del vehículo y dejarlo en este arcén para ir en busca de otras rutas que me acerquen a las raíces del problema. ¿La escuela, tal vez? ¿Debo apuntar a esos monstruosos centros de propaganda y adoctrinamiento donde se suele mutilar desde la tierna infancia cualquier atisbo de librepensamiento, sentido crítico o analítico, tan necesarios para asimilar, entre otras cosas, el método científico? Tal vez haya que empezar por ahí, pero ese ya sería otro tema… ¿O es el mismo?

Una luz en la oscuridad

El pasado 20 de diciembre se cumplieron quince años de la muerte de Carl Sagan (1934-1996), uno de los divulgadores científicos más importantes e influyentes de nuestro tiempo, por lo que hemos querido dedicar nuestra primera entrada a su memoria. Y creemos que, para ello, nada mejor que llamar vuestra atención sobre una de sus obras más representativas en el campo de la divulgación.

Aunque para muchos Carl Sagan es conocido por Cosmos: un viaje personal, su magnífica serie de divulgación en televisión, en esta ocasión hemos preferido destacar el libro El mundo y sus demonios, obra dedicada fundamentalmente a explicar al ciudadano de a pie, al que no cuenta con conocimientos científicos previos, las bases del método científico, al tiempo que estimula en el lector el pensamiento crítico, dotándole así de las piezas básicas para acercarse a la ciencia. Esa voluntad didáctica es, en nuestra opinión, lo que convierte al citado libro en un modelo de lo que debería ser la divulgación científica, y a su autor en un auténtico maestro.